Las sedes académicas

Las academias nacionales que integran el Instituto de Chile, tienen su sede en dos edificios corporativos que, erigidos uno frente al otro, constituyen un conjunto arquitectónico de especial relieve. En efecto, ambas son construcciones que se levantaron a mediados del siglo XX, como viviendas particulares, en uno de los antiguos barrios residenciales del viejo Santiago, y que hoy permanecen como mudos testigos de una época ya ida.
 

El edificio principal —que aparece en la fotografía— alberga las distintas dependencias de uso colectivo por todas las academias, amén de los despachos y salas de reunión correspondientes a tres de ellas.

 

Esta casa fue proyectada por el arquitecto D. Jorge Arteaga Isaza, levantándola con hormigón armado, en estilo contemporáneo, dentro de los cánones racionalistas, con sencillez de líneas, ausencia de ornamentos y subordinación al aspecto funcional; no hay que olvidar que su apariencia no tan grácil —en comparación con su modelo europeo— se debe a la frecuencia de temblores y terremotos en el país, lo que obliga a la supresión de elementos decorativos externos.

En 1953 el inmueble fue adquirido por el historiador D. Sergio Fernández Larraín, quien procedió a transformarlo en el pequeño palacete que es hoy, recurriendo a los servicios del arquitecto D. Eduardo Costabal, el que lo redistribuyó completamente, imprimiendo a la fachada e interiores el sello del estilo neoclásico francés que en la actualidad ostenta. Con posterioridad, y después de que en julio de 1988 el edificio fuera destinado por el Gobierno al uso del Instituto, se le agregó una tercera planta, en forma de mansarda.


El volumen se organiza en tres niveles y un zócalo de servicio, amplias bodegas subterráneas y estacionamientos. El acceso está en el eje de simetría, varias gradas por sobre el nivel de la calle. Las puertas exteriores de madera y quincallería de bronce fundido dan paso a las mamparas de vidrios esmerilados, tras las cuales se encuentra un espacio de transición —el zaguán— con una escalinata de mármol blanco que conduce al vestíbulo, el cual distribuye las dependencias: salón de actos, comedor, pequeña salita de recepciones, amplia biblioteca, patio interior y gran escala que comunica al segundo piso.
 

El comedor, al igual que la antesala —llamada ‘salita francesa’—, exhibe una rica ornamentación en sus paredes, en colores pastel y oro, la que, junto con preciosas lámparas y arañas de bronce con lágrimas, y un austero amoblado, le dan una sobria elegancia, óptima para los actos y reuniones que cobija.

El auditorio —antiguo salón de la residencia— sufrió transformaciones que eliminaron el rico artesonado de sus paredes, bajando también su altura a través de un cielo falso que presenta una serie de focos, mucho más adecuados a las reuniones públicas que en él se celebran. No obstante lo anterior, y como mudo testigo de su pasado, la interesante chimenea de mármol sigue ahí presente.

 

En concordia con la importancia de este recinto, dos cuadros lo alhajan: un retrato al óleo, obra del artista Sangvoniz, del ex presidente de la República, D. Jorge Alessandri Rodríguez, bajo cuyo gobierno, y por su iniciativa, en 1964, se creara el Instituto; además la gran marina de Álvaro Casanova, famoso y reputado marinista chileno, discípulo del inglés Thomas Somerscales —de significativa influencia en el país— que representa a la Escuadra Nacional que participó en la Guerra del Pacífico.
 

La biblioteca es, sin duda, el lugar de mayor riqueza espacial y el que materializa con plena cabalidad el espíritu de las academias. Su construcción se inició en 1957, según proyecto del mismo arquitecto Costabal, ejecutándola el maestro Costa, eximio carpintero. El espacio se desarrolla en el equivalente a un piso y medio, puesto que desde el nivel del vestíbulo se deben descender unas cinco gradas; los libreros, que rodean todo el perímetro, se construyeron in situ con finas maderas, incorporando a media altura una pasarela que recorre todo el conjunto para dar acceso a las estanterías superiores. En honor a uno de los ex presidentes del Instituto, D. Juvenal Hernández Jaque, se le puso su nombre, presidiéndola un muy acabado retrato al óleo suyo, obra de D. Marco Aurelio Bontá.

 


El patio, sobre el cual convergen el salón de actos, parte del vestíbulo y la biblioteca, está articulado en dos secciones claramente identificables: una terraza embaldosada, ampliación natural del vestíbulo y del auditorio, y otro sector, a desnivel, con una amplia y elegante fuente, adosada a un muro. Los añosos árboles, ceibos y laureles, arbustos y helechos, junto a un par de valiosas esculturas vaciadas en bronce, le confieren al lugar un aire renacentista de particular quietud en medio del tráfago cotidiano del centro de la ciudad.


 

 

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